Un Mundial para todos… ¿o sólo para algunos?

Editorial

11 de Junio de 2026

Por : Rolón Javir Adrian

El fútbol se presenta como el idioma universal de la humanidad. La FIFA repite una y otra vez conceptos como inclusión, diversidad e integración. Sin embargo, los hechos suelen mostrar una realidad muy diferente.

La historia del árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan expone una contradicción difícil de ignorar. Mientras el mundo se prepara para celebrar una nueva Copa del Mundo, Estados Unidos decidió deportar a un juez internacional que había llegado para cumplir el sueño de participar en el torneo más importante del planeta. La decisión fue aceptada por la FIFA sin mayores cuestionamientos, dejando al descubierto una preocupante falta de coherencia entre el discurso y las acciones.

Resulta llamativo que, en pleno siglo XXI, una nación que se presenta como líder mundial en materia de derechos y libertades siga aplicando criterios que parecen más propios de otras épocas. En un evento que pretende unir culturas, derribar fronteras y celebrar la diversidad, la exclusión de un árbitro por cuestiones migratorias genera un mensaje opuesto al espíritu que el fútbol dice representar.

Frente a esta situación, Canadá mostró otra cara. La propuesta del gobierno de Columbia Británica de recibir a Omar Abdulkadir Artan y permitirle dirigir encuentros en Vancouver refleja una visión más acorde con los valores universales que el deporte proclama defender. No se trata solamente de un gesto político; es una señal de respeto hacia el mérito, el esfuerzo y la igualdad de oportunidades.

La pregunta es inevitable: ¿cómo puede un Mundial hablar de inclusión cuando uno de sus protagonistas es apartado antes de comenzar? ¿Qué mensaje reciben millones de personas de países en desarrollo cuando ven que las puertas se cierran para quienes han trabajado toda una vida para alcanzar la máxima competencia?
Pero existe otro riesgo que acompaña a cada gran espectáculo deportivo: que la pasión por la pelota termine ocultando realidades mucho más dolorosas. Mientras millones de personas siguen cada partido, en Gaza continúa desarrollándose una tragedia humanitaria que ha provocado miles de muertes, desplazamientos forzados y un sufrimiento que conmueve al mundo entero. Ningún torneo, por importante que sea, debería servir para desviar la mirada de una crisis que exige atención, debate y soluciones urgentes.

Tampoco en Argentina el fervor mundialista debería convertirse en una cortina de humo. La ciudadanía tiene el derecho y la obligación de mantenerse informada sobre los problemas que afectan al país, así como sobre las denuncias, cuestionamientos e investigaciones que involucran a funcionarios y decisiones del gobierno de Javier Milei. La transparencia institucional y el control democrático no pueden quedar relegados por el calendario deportivo.

La grandeza del fútbol no está en los estadios multimillonarios ni en los contratos publicitarios. Está en la capacidad de unir personas de distintos orígenes bajo una misma pasión. Cuando la burocracia, los prejuicios o los intereses políticos prevalecen sobre ese principio, el deporte pierde parte de su esencia.

Omar Abdulkadir Artan regresó a Somalia como un héroe. Fue recibido y condecorado por su país. Tal vez porque, más allá de cualquier decisión administrativa, representa la perseverancia de quienes luchan por sus sueños. Y también porque su caso dejó una lección incómoda: a veces, quienes se consideran los más avanzados terminan demostrando que todavía tienen mucho que aprender sobre inclusión y humanidad.
El Mundial debe ser una fiesta. Pero no permitamos que la fiesta nos haga olvidar las injusticias, las guerras, las tragedias humanitarias ni los debates que nuestras democracias necesitan dar. Porque mientras la pelota rueda, la realidad sigue existiendo fuera de la cancha.