La economía argentina atraviesa un momento único: crecimientos parcelados.
Hay sectores a los que les va bien. Pero otros sectores industriales están atravesando un momento durísimo. Algunos concursan sus empresas. Otros directamente cierran.
Mientras tanto, el campo, el comercio y la construcción siguen siendo los grandes dadores de trabajo.

Este presidente es, o se hace, el ortodoxo. Responde a la escuela libertaria y al liberalismo económico más puro. Pero en el camino dejó atrás cualquier concepción sobre la razón de ser del Estado.
No cree en el Estado.
Se montó y se envalentonó sobre una terrible apatía social, sobre la bronca y las ganas de cambiar la política argentina. Muchos votaron creyendo que con solo achicar el Estado y achicar el gasto, se solucionaban todos los problemas.

Es cierto que había que ordenar. Pero se olvidó que el Estado tiene una razón de ser.
Aprovechó la crisis de los conceptos de soberanía, de Estado y de poder real, y se paró firme sobre los algoritmos y sus amigos tecnológicos.
Lo cierto hoy es que mucha gente no llega a fin de mes. Que hay más gente en las calles buscando qué comer en la basura.
Que se desgravaron en parte a los agroexportadores y a otros sectores de la economía. Pero no se tocó ni un punto del IVA, ese impuesto injusto y regresivo que más golpea a los que menos tienen.
Entonces la pregunta es obligada:
¿Milei es víctima de su propia ortodoxia?
¿Falta una mirada pragmática para alentar el consumo y proteger un poco los bolsillos más flacos de la Argentina?
¿Y la desregulación total del sistema financiero a quién beneficia?
Porque gobernar no es solo aplicar un manual. Gobernar es incluir y dar mayores oportunidades a los ciudadanos a desarrollarse en la vida, económica, cultural y espiritual.






